EL HOMBRE QUE CRUCIFICÓ A CRISTO
Citas donde se encuentra la historia de este hombre: Mateo 27: 33-54 ; Marcos 15: 39,44,45 ; Lucas 23:47. Sabemos muy poco de este hombre. Su nombre, su procedencia, su edad y nacionalidad nos son desconocidos. Es típico del miembro anónimo de una multitud. Sabemos que era centurión en el poderoso ejército romano y que prestaba servicio activo en la provincia de Judea cuando Cristo fue crucificado. Era el encargado de la crucifixión. A él le toco crucificar al Hijo de Dios exponiéndolo a oprobio público. Los centuriones que menciona la Biblia son, todos ellos, hombres ejemplares. Uno era el comandante del destacamento de Capernaum y el Señor alaba su fe. Otro fue Cornelio, jefe de la compañía llamada la Italiana, a quien Pedro predicó el evangelio. También tenemos a Julio, de la compañía Augusta, que trató a Pablo con consideración. Y éste, el hombre que crucificó a Jesús. El día que Cristo murió, logró dos conversiones. Su gracia salvadora se desplegó dos veces: primero hacia un judío y luego para añadir a este soldado romano a las filas de los redimidos. Acerquémonos al Calvario y contemplemos la crucifixión a través de los ojos de este soldado gentil (no judío o incircunciso). Hay tres pasos en la experiencia de su alma. CRUCIFICANDO A CRISTO El Espíritu Santo cubre esta escena con un velo. No se describen los momentos brutales, bestiales de la ejecución. No es difícil imaginar lo que ocurría en estos casos: las maldiciones y los gritos; la víctima que pateaba, gritaba y se retorcía mientras que los verdugos clavaban sus manos y pies al madero de la cruz; luego el golpe seco cuando la cruz era levantada para que cayera en el hoyo previamente clavado. A esto seguían las largas horas bajo el sol abrasador mientras que la multitud contemplaba el suplicio y añadía sus burlas a los sufrimientos de los reos. Esto es lo que el mundo le hizo al Hijo de Dios. El mundo entero dio la sentencia y este hombre la llevó a cabo. Si le pudiéramos entrevistar nos diría: “Yo que culpa tengo. Yo no soy responsable. Yo obedezco órdenes. La culpa es de los sacerdotes allá en Jerusalén. Ellos quisieron matarle”. Pero el hecho queda registrado en la historia: este hombre se dejó llevar por la corriente y él crucificó al Hijo de Dios. Nosotros tenemos privilegios que no tuvo el este centurión romano. Tenemos una Biblia en la mano. Conocemos el veredicto de la historia sobre este crimen espantoso. La Biblia nos advierte a no despreciar la salvación que Dios ha provisto por la muerte de Su Hijo (Hebreos 2:3). El mundo ya emitió su juicio. Tenemos que asentir a este veredicto u oponernos a él. Es cosa seria el haber nacido en un mundo que crucificó al Hijo de Dios. La crucifixión de Cristo es un hecho histórico, pero su significado se extiende hasta nuestros tiempos. Exige que todo hombre que nace en este mundo tome su posición a favor o en contra. Dios juzgará a todo el mundo a la luz de la cruz del Calvario. ¿Qué dices? ¿Qué piensas del Calvario?. En la persona de Jesucristo, Dios hizo una visita a este planeta. La reacción de sus habitantes fue: “Quita, quita, crucifícale”. Su reacción sería la misma hoy. Le volverían a crucificar si pudieran. ¿Cuál es tu reacción personal a Jesucristo?. CONSIDERANDO A CRISTO El primer paso que podemos dar para alejarnos de la tremenda culpa de nuestra complicidad en la crucifixión es dejar de ser tan descuidados e indiferentes ante ella. Debemos “considerar a Aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra Sí Mismo” (Hebreos 12:3). Esto es lo que hizo el centurión y resultó en la salvación de su alma. Al considerar a Cristo comprendió algo del significado de la Persona de Jesús. Parecía que ocupaba un trono en vez de colgar de una cruz. Más bien parecía una ceremonia de coronación que una crucifixión. El centurión nunca había visto tanta majestad en un lugar de miseria, tanta calma ante la crueldad, tanta dignidad ante lo denigrante. Oyó a Jesús decir: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. En toda su experiencia jamás había escuchado a un crucificado orar así. ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre! ¿Quién es éste? Y así siguió contemplando, escuchando y meditando absorto ante la personalidad de Cristo. ¡Cristo es sin igual, incomparable! Su personalidad es la de un Dios Santo, amoroso, perfecto y admirable. El centurión también comprendió algo del significado de la pasión de Cristo. Había más que la tortura física. Había sido testigo de eso muchas veces. El odio y las burlas de los líderes judíos y del gentío tampoco era novedad, aunque tal vez notaría que en esta ocasión parecía más concentrado y feroz que en otras. Lo impresionante fue la oscuridad que cubrió la escena durante tres horas. Las tinieblas de media noche manifestadas a medio día lo hicieron temblar. El terrible clamor de Cristo crispó sus nervios: “Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué Me has desamparado?” Aquí había una dimensión de dolor que le era desconocida – y la sufría un Hombre tan excepcional – Uno que era santo, inocente, sin mancha y apartado de los pecadores. Por fin el centurión comprendió algo del poder de Jesús. No sólo tembló él ante las tinieblas, sino que la tierra misma tembló bajo sus pies, las rocas se partieron y con un mensaje quizá más comprensible para los judíos, el velo del templo se rasgó por la mitad. Estos prodigios y portentos fueron suficientes para llegar a un corazón gentil. Pero tal vez el milagro más grande de todos los que contempló fue la conversión del malhechor crucificado al lado de Cristo. “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, fueron las palabras de Cristo y un cambio completo en la conducta y la conversación de este ladrón fue otro testimonio para el centurión del poder de Cristo. Así, considerando a Cristo, el centurión llegó a la conclusión de que Jesús era más que un hombre. Él Lo había crucificado pero había tenido oportunidad de contemplarle y considerar Quién era. ¿y tú? ¿Has considerado al Cristo de la cruz? ¿Qué significado tiene para ti el sacrificio del Calvario? CONFESANDO A CRISTO “Si eres el Hijo de Dios, desciende de la cruz”, gritaban los sacerdotes. “Si eres el Hijo de Dios sálvate a ti mismo y a nosotros”, claman los malhechores. ¡El Hijo de Dios! Esa era la única conclusión posible. “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”, dijo el centurión. Solo dos veces encontramos en la Biblia palabras de este centurión: Su confesión citada arriba y su confesión que era un hombre justo (Lucas 23:47). Creemos que esto fue el paso decisivo que lo llevó de muerte a vida. Pedro hizo una confesión parecida: “Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, y el Señor respondió: “No te lo reveló carne ni sangre, sino Mi Padre que está en los cielos”. Lo mismo podemos decir del centurión romano. El centurión que crucificó a Cristo y que consideró a Cristo ahora confiesa que es justo y que es Hijo de Dios. Estas son las únicas palabras suyas preservadas por el Espíritu Santo pero indican que su corazón había sido tocado, sus ojos abiertos, y usó sus labios para identificarse como uno que se desligaba del mundo asesino para reconocer a Cristo como su Señor. Hoy, estás dando uno de los tres pasos que dio el centurión: 1)estás crucificando a Cristo, siguiendo la corriente del mundo, o 2)estás considerando a Cristo: Su persona, Su pasión, Su poder, o 3)estás confesando que Cristo es el Hijo de Dios, tu Salvador personal y tu Señor….Amigo, ¿Dónde te encuentras: en contra de Cristo o a Su lado?
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